NUEVA MUERTE EN PEKÍN

 

Ésas eran las palabras que estaban escritas en la portada del diario matutino. No era una cosa nueva, pues la misma portada era editada en los dos últimos meses, en los que habían fallecido más de doscientas personas. Una nueva enfermedad, era cada vez más común en la población de todo el mundo, pero los números en China se disparaban alarmantemente.

Bin entristecido, pero a la vez cabreado e impotente, no paraba de releer la crónica del día. Después de graduarse en física y química con una excelente nota en una de las universidades europeas con más prestigio, se sentía impotente en su país, por la falta de Centros Tecnológicos. Esto le impedía investigar sobre la nueva enfermedad mortal, a pesar de que él tuviera grandes ideas que le rondaban dentro de su cabeza. La falta de presupuesto, le frenaba el avance de su proyecto.

Habló con su superior, ofreciéndose para quedarse en el laboratorio a investigar después de las 7 de la tarde, pero la ley china, impedía que nadie sin excepción, pudiera trabajar en el Centro fuera del horario de laboral, por lo tanto, la idea de investigar por la noche en el laboratorio, no dio resultado.

A la hora de la comida, alejado de las miradas de sus compañeros, con gran cautela se acercaba a las estanterías del laboratorio y escondía en sus bolsillos con mucho cuidado tubos de ensayo que contenían pequeñas cantidades de substancias y elementos químicos, con los que él pretendía seguir la investigación en su casa. Al salir del centro, el corazón de Bin latía aceleradamente, pues sabía que en cualquier momento podía ser detenido y encarcelado por robo. La ley en China era demasiado estricta respecto al hurto, por lo tanto la precaución era muy importante.

A pesar del gran riesgo que corría, algo dentro de él, le empujaba hacia adelante, ya que estaba convencido de que ése era el camino correcto.

Bin en su pequeño laboratorio, situado en el sótano de su casa, trabajaba horas y horas durante las noches, con el fin de avanzar mas y más.

Llegó a su casa con ansias para continuar su tarea, pero Hocicos, su perro, le esperaba en el recibidor impaciente, ya  había llegado la tan esperada hora de su paseo diario. El perro, solo y aburrido de estar encerrado todo el día, tenía ganas de jugar, así que Bin tuvo que cumplir con su obligación y pasear a Hocicos por los alrededores.

La oscura noche, sólo iluminada por la tenue luz de las farolas, junto con el intenso frío, hicieron que el paseo fuera más corto de lo habitual.

Al volver a casa, fue derecho hacia la cocina, pues su estómago le avisaba y el hambre le impedía concentrarse.

Una ensalada variada y un simple bocadillo de queso, pretendía ser su escasa cena. Aunque a Bin no le gustaba la ensalada, sabía que ésta era un alimento sano y digestivo, ya que tenía que cuidarse. Cruzó el salón hacia la puerta del sótano seguido por Hocicos, con las manos sujetaba su bandeja de platos, su cerveza y una manzana.

Hocicos se quedó en la puerta sentado y con la mirada triste, pues sabía perfectamente que su amo le tenía prohibido bajar al sótano.

Bin cerró la puerta tras de sí, pero se sintió culpable, pues sabía que no le daba a su perro todo el cariño y amor que necesitaba. Un remordimiento interno le hizo sentirse mal. Había estado apenas diez minutos con él en todo el día, y ahora lo volvía a dejar solo y aburrido arriba... -por un día no pasará nada- pensó. Subió las escaleras de nuevo y abrió la puerta, animándole a entrar, Hocicos movió su peluda cola y bajó sigilosamente a la oscura habitación, todo aquello era nuevo para él, apenas había bajado dos veces, siempre a escondidas de su amo.

La habitación en la que se hallaban los dos, aunque era grande, daba la sensación de ser extremadamente pequeña. Sus largas estanterías llenas de botes con distintos líquidos, todos con tonos alegres y chillones, hacían muy colorida la estancia. Una ancha y larga mesa central estaba cubierta por miles de tubos de ensayo y cientos de probetas, cada una con etiquetas pegadas, indicando su contenido. Separando un poco los miles de apuntes que tenía junto a su microscopio electrónico, dispuso la bandeja para cenar. Primero se decantó por darle un gran mordisco a su bocadillo, tenía una pinta sabrosa, dio un sorbo a su cerveza y cogió su tenedor para comer su ensalada. Notó que tenía un sabor soso, se le había olvidado aliñarla; así que dejando solo a Hocicos en el laboratorio, ascendió por las empinadas escaleras hacia la cocina en busca de la aceitera. En unos minutos estaba de nuevo frente a su ensalada ya gustosamente aliñada, dejó la aceitera fuera de la bandeja, ya que no cabía  en ésta. Hocicos se hallaba a su lado muy alborotado,  las manzanas eran su debilidad. Ladraba sin parar, las babas que caían de su boca abierta, humedecían el suelo.

Una vez acabada su cena, aunque cansado, Bin no quería irse a la cama, seguir con su investigación era lo principal en aquellos momentos.

Se puso delante de su microscopio, observando tristemente cómo el mortal virus iba destruyendo las células sanas. Había probado con cada uno de los elementos que poseía, un poco de sodio por aquí, un poco de potasio por allá, pero sin ningún resultado aparente.  Hocicos no paraba de dar vueltas por la habitación, se acercaba a todas las estanterías, olía todos los recipientes y a causa del fuerte olor que desprendió un bote entreabierto de amoníaco, el perro dio un gran brinco hacia atrás y con la peluda cola golpeó la aceitera haciendo caer unas gotas sobre el pequeño cristal que contenía todos los elementos con los que Bin estaba investigando, y este a su vez se volcó ligeramente y unas minúsculas gotas del virus cayeron al suelo.

 Hocicos asustado las lamió rápidamente ya que se sentía culpable del estropicio. Bin aunque lo intentó coger velozmente,  no pudo evitarlo, así que fue hacia su perro con la intención de abrazarlo, pero éste se desplumó y cayó al suelo provocando un fuerte ruido. Bin estaba atónito por lo que acababa de suceder. El perro estaba allí tirado sin moverse, con los ojos cerrados y la lengua fuera. Bin tenía la impresión de que había muerto pero al abrazarlo por el cuello notó como sus pulsaciones latían débilmente. Bin se temía lo peor, las lágrimas llenaron sus ojos y poco a poco le fueron cayendo por la mejilla.

Ahora sería imposible continuar, pues no podía aguantar la tristeza que llevaba dentro, todo se había echado a perder.

No sabía qué hacer, así que cogió al moribundo animal y lo llevó con él al salón, dejándolo reposar en el sofá. Sabía que aún no había cura para la mortal enfermedad y se sentía culpable por su gran imprudencia. Después de cinco minutos así,  comprendió que no servía de nada lamentarse, ya que lo principal era no perder tiempo y seguir con la investigación, para poder salvar a su estimado perro. Bajó rápidamente al laboratorio y recogió todo lo que estaba esparcido por el suelo, limpió su mesa. Estaba triste, muy triste, así que se sentó en su silla de siempre, delante del microscopio, dispuesto a preparar una nueva composición. Miró distraído con sus pensamientos por el ocular y levantó la cabeza, de pronto se dio cuenta de lo que había visto, se frotó los ojos y volvió a mirar, no podía entenderlo, algo estaba haciendo que el virus estuviese desapareciendo, no comprendía qué había pasado. Misteriosamente, las células dañinas estaban destruyéndose. Bin no daba crédito a lo que veían sus ojos, miró a su alrededor y vio la aceitera volcada, observó de nuevo por el ocular y comprendió que lo que estaba viendo eran gotas de aceite que mezcladas con los otros elementos que había puesto anteriormente, destruían milagrosamente el virus. Bin no pudo contener su alegría y dio un gran grito de satisfacción, el cansancio y el sueño desaparecieron de su cuerpo.

Estuvo trabajando toda la noche, identificando todos los componentes que tenía la mezcla e indicando la cantidad adecuada de cada uno de ellos. No podía perder ni un minuto, ya que a Hocicos le quedaban pocas horas de vida.

Cada media hora Bin subía a controlar la temperatura corporal de su perro, que cada vez subía unas décimas. El tiempo era vital.

Una vez preparada la dosis, con mucha precaución se la inyectó en la pata. Después de media hora, Bin se dio cuenta de que la temperatura de Hocicos disminuía. Toda la noche fue controlándola, y sí, ciertamente por la mañana Hocicos ya estaba recuperado. Bin no podía estar más satisfecho, había descubierto el antídoto y gracias a ello, había salvado a su querido perro.

Al día siguiente entregó su descubrimiento al centro de investigación de Pekín. Allí, tras un mes de intensas pruebas, verificaron el antídoto, y en una rueda de prensa multitudinaria, lo hicieron público. A Bin le galardonaron con diversos premios de investigación, medallas y toda clase de reconocimientos públicos. La única condición que ponía Bin para asistir a todo aquello, es que su perro Hocicos estuviera siempre a su lado, pues él, era parte importante de todo su éxito.

Las portadas de los diarios del país cambiaron sus titulares, y la foto de Bin junto a Hocicos estaba presente en todas.

Los enfermos se recuperaban rápidamente.

 

Andrea Guinó

Prosa castellana. Categoría B