EL
TROVADOR DE FOCENDERA
Corría el año 1463, en el río Tíber donde había una pequeña aldea llamada Focendera famosa por sus panes exquisitos, por sus claras
aguas y por su posada. La posada de Focendera se
llamaba “el viajero errante” y era la mayor posada que Italia haya visto. Sus
salas eran tan descomunales que hacía las veces de sala de asambleas del
pueblo, su comedor era tan grande que una vez al año todo el pueblo comía allí,
tenía pasillos tan largos que la vista
no alcanzaba su terminar y los pasillos
tenían tantas habitaciones que faltaban numero para numerarlas. Pero no eran ni
las salas ni pasillos lo que entusiasmaba más a las gentes, si no su juglar.
Desde incontables años en la posada del viajero errante siempre ha habido el místico trovador.
El señor Viessela
propietario de la posada, estaba contentísimo con el juglar y muchas veces le
daba comida gratuitamente ya que el trovador atraía gentes de todos los
lugares. Cada noche entraba por la puerta de madera se subía en una tarima y
comenzaba a cantar músicas desconocidas en aquellos parajes. El trovador de la
posada no era como suelen ser los trovadores de época: jóvenes, ágiles y
acompañado de bailarín, nuestro trovador era ya anciano y una larga barba
colgaba blanca desde no se sabía cuándo, como era viejo conocía tantas
canciones que cada día tocaba seis nuevas, eran melodías nunca escuchadas de
desconocida descendencia como el trovador de no sabida herencia ni ascendencia.
Su música era sin lugar a dudas de otras tierras pues no se asemejaba a ninguna
de las propias de Italia. Las músicas que tocaba eran similares unas a otras y,
aun así, distintas. Embaucaban corazones, nublaban la mente y desvanecían los
pensamientos, era obstinada y mágica.
Un día de otoño le
enviaron una carta llamándole a filas, la guerra había estallado; él
relativamente despreocupado cogió su mandolina y se
fue una noche con la mayoría de los hombres del pueblo hacia el norte, donde
estaban los problemas.
Fue asignado en una
trinchera en primera línea muy al norte en los Alpes
y una noche invernal, y con una ventisca gélida como la muerte, les azotó y un
alud cubrió las esperanzas. Todos murieron de frío salvo el trovador que se
ocultó entre los cuerpos inertes de sus compañeros, y, aun así le fueron
amputadas todas las extremidades salvo el brazo izquierdo por gangrena, pues
los brazos y pies putrefactos le habrían matado lentamente. Con un solemne
llanto fue relevado y enviado a Focendera de vuelta,
pues ningún servicio podía prestar ya.
Aun casi muerto le
agradaba pensar y saber que sus amigos le tratarían a cuerpo de rey durante el
resto de su vida. Al llegar todo el pueblo y muchas gentes más le dieron una
cálida bienvenida y todo el día y toda la noche fue fiesta y afecto para el
desgraciado trovador.
Lo extraño es que cuando
el sol se alzó de nuevo, de repente como si un hechizo hubiese terminado, todos
se fueron a realizar sus tareas y se olvidaron por completo del trovador. Éste
subió a su casa como pudo, se tiró en la cama y ya no volvió a salir. Las visitas
eran poco frecuentes y cada vez más distanciadas unas de otras, pero el
trovador pensaba que el trabajo les absorbía y creía que cuando llegaran las
Navidades todo sería diferente.
El trovador sobrevivía
gracias a los escasos ahorros de que disponía que menguaban
cada vez más. Sin embargo él confiaba ingenuo en la ayuda que no llegaba y en
afecto desaparecido. Cada día se entristecía más y más lagrimas
bañaban su rostro y más tristeza invadía
su corazón. Hacia meses que no se lavaba y la memoria le falla al intentar
recordar cuando se mudó la ropa por última vez. Estaba sucio y con los mismos
harapos con los que volvió del frente. La casa se caía a pedazos y el polvo se
había mezclado en el aire formando una especie de espesa niebla en el interior
de la vivienda. Llegaron las Navidades y una esperanza llegó a su corazón, un
hálito de vida, un retoño de alegría floreció. Más tarde las luces se apagaron
pues nadie vino, nadie acudió y la pasada tristeza se convirtió en cólera, odio
e ira.
Desde entonces empezó a escribir poemas con todo
lo que pensaba, lemas con enfado para que les leyeran los pueblerinos y el que
más se le oía era:
¿Cuando tenga que subir
escaleras, quién me portará?
¿Cuando yo me caiga,
quién me levantará?
¿Cuándo haya muerto,
quién llorará por mi?
¿Cuando ya no esté,
quién me recordará?
Y seguía pero ni él
mismo recordaba qué iba a continuación.
Los sentidos le
fallaban, el pulso de su corazón iba lento cada vez más. Las deudas se
amontonaban mas no le importaba pues
pronto iba a morir. Tenía mente lúcida eso sí, y sabía lo que le ocurría, cada
vez con más sueño, más profundo éste, más ganas de dormir, pero no se rendía. Seguía escribiendo y el
poco dinero que le quedaba lo usaba en comprar plumas y material de escritura
que le traían. Él escribía notas con lo que quería en un papel y lo ponía atado
en una paloma que había hecho nido e el interior de la casa y así conseguía los
materiales; no penséis que no mandaba papeles pidiendo desesperadamente una
compañía pero nadie ganaba nada con eso, así que le ignoraban. Débil y frágil
se sentía, la voz se atenuaba y tenía miedo de no completar su obra antes de
fallecer. Es extraña su represalia pues no parecía contener rencor, no era
ninguna gran venganza pero ¿que más podía hacer un paralítico manco, viejo,
cansado, a punto de fallecer?
Lo que pretendía era
entristecer con su historia a las gentes que cuando les servia le trataban bien
y ahora que les necesita nadie acudía. Quería que no pudiesen conciliar el
sueño al saber lo que hicieron, porque
aunque lo sabían, no lo meditaban detenidamente. Eso pensaba el trovador.
Después de una semana
sin comer apenas ya hubo terminado y se sintió muy reconfortado por primera vez
desde que volvió.
Fue entonces cuando
enfermó, mas no le importaba, pues pronto iba a morir y ni siquiera venía el
médico.
Sus toses se oían en la
otra punta del pueblo, y los gemidos
eran insoportable y ésa fue la única vez que le
dirigieron la palabra para decirle que
parara ya con sus ruidos molestos.
El trovador desde entonces tuvo mucha más ira y
para reprimirla, cogía su mandolina y la intentaba
tocar con una sola mano, pues a lo mejor volvían a quererle. A pesar de todo,
él quería a todos y quería que le quisieran a él también. Pero no podía y los
que pasaban por el lado de su casa y se asomaban a la ventana veían en su interior a un viejo llorón que, en vano
intentaba tocar su vieja mandolina sin más resultado
que unas notas solitarias y desafinadas.
El juglar era la burla
del pueblo, “el viejo llorón” le llamaban, y el trovador lo sabía y le deprimía
aún más. Quería morir ya, acabar con su
existencia, se rindió al dolor y enfermó más todavía. La fiebre le mareaba,
temblaba continuamente.
Se acercaba de nuevo el
invierno y él ya ni siquiera tenía fuerzas para gemir.
Un día después de
muchos, un funcionario entró en la casa para embargarle definitivamente y
encontró el cadáver del trovador agarrado a su mandolina.
El funcionario avisó al alcalde de lo ocurrido y tiraron su cuerpo al mar, pues
era más sencillo y menos costoso que excavar en la dura tierra o usar los
hornos para la incineración.
Sus pequeños bienes
fueron vendidos al igual que su mandolina, por la que
le pagaron tres mil liras y la casa se vendió a una familia.
Y un día limpiando
encontraron un cuaderno con versos y poesías. ¡Vaya un libro mohoso, lo
tiraremos a la basura , o no, mejor se lo vendemos al trapero quizá nos dará
algo!.
El viejo trovador siempre pensaba que en el fondo la
gente no era mala sino despistada. Lo que él no sabía es que en verdad había
maldad en sus corazones y que no todos eran como él, ingenuo.
¡Pobre trovador! Sus
recuerdos fueron olvidados y nunca más nadie dijo una palabra suya, ni siquiera
para burlarse.
Artur Rodríquez
Prosa
castellana. Categoría A